Jesús sigue pasando. Ayer iba camino de Jericó y hoy por fin entra en la ciudad. Va atravesando aquella población?
Si ayer el ciego de nacimiento, al que se encontró de camino, no podía ver a Jesús, por su ceguera, hoy Lucas nos presenta a otro hombre que tampoco puede ver al Señor. Este, Zaqueo, propiamente no es ciego pero tampoco puede ver a Jesús. No le puede ver porque tiene impedimentos. Impedimentos propios e impedimentos ajenos. Es bajo de estatura y la gente le tapa y, por tanto, no puede distinguir a Jesús que pasa.
¿Qué cosas en mi vida me impiden ver a Jesús? Quizás sea algo mío que me hace estar más pendiente de mí mismo; quizás sean cosas externas, bienes, relaciones, amistades, cosas, etc.
Como el ciego del camino, también Zaqueo quiere ver a Jesús. Quiere verle y se pone manos a la obra. No es un querer el de este jefe de publicanos irreal, hipotético? quiere y pone los medios para ello: se sube a una higuera que estaba en el camino por donde iba a pasar Jesús.
No sólo lo vio sino que además fue visto. En nuestra vida cristiana es más importante saber que Dios me mira que mirarle a Él. Así podemos, entonces, definir la fe: como un cruce de miradas, la de Jesús y la de Zaqueo; la de Jesús y la mía.
Vemos en el Evangelio que a Zaqueo no le importa el qué dirán, y allí tenemos a todo un jefe de publicanos, a una persona con cierto estatus social, subido a una higuera? Es posible que el motivo de su deseo de ver a Jesús sea sólo por curiosidad pero algo le dice que va a suceder? ¡Y sucede! Jesús se autoinvita a su casa. ¡Cómo le gusta a Jesús autoinvitarse!
Una vez más vemos que cuando Jesús entra en la vida de uno la transforma. Zaqueo descubre que en el fondo lo que le impide ver a Jesús no es su altura, que sea bajo de estatura, sino las riquezas que ha acumulado defraudando. Jesús le hace ver más: Mira, la mitad de mis bienes, Señor, se la doy a los pobres; y si de alguno me he aprovechado, le restituiré cuatro veces más.
La salvación es esa transformación: Hoy a entrado la salvación a esta casa?
Pidamos a la Virgen María que nos quite los complejos que nos impiden poner todos los medios para romper con aquello que no nos deja ver a Jesús y que con confianza y fidelidad dejemos entrar a Jesús en nuestra casa para que su salvación nos transforme.
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