Comentario diario

Para el camino, la verdad y la vida, no hay prisa

Una chica joven está conociendo a su novio, le preocupa que él tenga una ?espiritualidad limitada?, esas son las palabras que usa. Además, dice de él que es precipitado a la hora de hablar, ?que no se sabe frenar a tiempo?, son también las palabras exactas que usa. Vamos, que quiere ver en él una transformación rápida, un centrifugado y listo, un empaquetado del arquetipo del hombre que desea y que Amazon se lo ponga en la puerta de su casa. Le he dicho que las cosas no funcionan así, que hablar de seres humanos es hablar de misterios más insondables que la cara oculta de la luna (que ya ni siquiera es insondable, a dónde hemos ido a parar), de manos a la obra, de caminos largos, de un recorrido que no termina nunca, porque ¿dónde está el punto de llegada?, ¿en el más allá? Ni siquiera el más allá es un punto de llegada. Hoy se define el Señor a sí mismo en el Evangelio como Camino, Verdad y Vida. Las tres palabras hacen alusión a un recorrido sin caducidad. Por el camino se va, la verdad se lleva y la vida no termina. Vivir para siempre no significa acabar de una vez y descansar en una tumbona de resina trenzada. Desde el día en que el misterio de mi vida se puso en marcha, lo hizo para no acabarse jamás. Mozart, Beethoven, Mahler, no están en un rincón del más allá mirando el hacer y deshacerse de las nubes entre partida y partida de julepe. Tenemos una noción tan limitada de vivir, que pensamos que la vida consiste en desgastarse y envejecer: todo se acaba en un retiro prolongado, en una gran jubilación. La joven que está conociendo a su novio quiere atar cabos rápidamente antes de que se le pierda el reloj biológico o empiece a cansarse de sus primeros retos en el mercado laboral. No se da cuenta de que necesita tiempo para conocerlo, para aceptarlo, tratarlo, quererlo. Hacer con él un ?camino? en ?verdad? y construyendo ?vida?. Usando esas mismas tres palabras del Señor. El acontecer de cada día pone a prueba nuestra ?resiliencia espiritual? (construcción gramatical que, por supuesto, me acabo de inventar). No es que Dios me ponga a prueba, ojo, que a veces usamos torpemente esa expresión, sino que la vida me pone a prueba a mí. Mi respuesta lenta al reto de los acontecimientos diarios va definiendo la personalidad. Y la lentitud, de la que tanto nos habla el Señor, da siempre lucidez. También da madurez aguantarse las conclusiones precipitadas (y eso se aprende de rodillas en la capilla, delante del Señor). A veces complicamos nuestra vida y de paso complicamos las ajenas. Acabo de terminar una conversación con un padre de familia joven. Tiene dos hijos muy pequeños. Como es un artista, graba con su móvil las tareas solitarias y creativas de sus chavales, como por ejemplo hacer líneas de un punto a otro, del punto cinco al punto seis, etc. Lo hace siempre por detrás de ellos, como si fuera la mirada de Dios, que se complace en vernos felices en nuestros propios cometidos. Este padre quiere que su hija crezca, que se tome su tiempo, que se equivoque y vuelva a empezar, y él siempre detrás, con su mirada llena de ternura, viéndola crecer feliz. Así es exactamente el ojo de Dios sobre nosotros. Y esa es justamente la voluntad de Dios: vernos crecer en paz, dejándonos mirar por Él. Entonces, ¿quién habló de prisas?, hay vida en abundancia por delante. O por mejor decir, por delante no hay más que vida. Que lástima la prisa que me interrumpe vivir?

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